miércoles, 25 de julio de 2012

Bastante perdida

¡Hola a todos! Hace ya más de tres semanas (e incluso más) que no escribo nada, dejando "El verano de mi vida" a medio terminar. La explicación es sencilla... No se me ha ocurrido nada. He querido extender tanto la trama que me he olvidado que era una historia corta. Mil disculpas y espero que pronto éste terminada. Además, también espero que os guste. Otra de las razones por las que no he escrito nada es porque he estado un poco estresada con todo el rollo de la universidad. Aún no me han dado plaza en psicología, aunque espero que el próximo lunes, cuando vuelva de mis vacaciones de fin de semana en el sur de la isla, me lleve una grata sorpresa al ver que estoy admitida en psicología.
Vuelvo a pedir disculpas y os prometo que en muy poco tiempo tendré el final de "El verano de mi vida" Hasta entonces que paséis una buena semana y un feliz verano

jueves, 5 de julio de 2012

EL VERANO DE MI VIDA. PARTE II

            Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba de una cena tan acogedora y familiar. Estas sensaciones solo las podía experimentar con mis abuelos. Ellos me hacen recordar qué era una familia, pues con la tía Alma me siento un cuerpo que se mueve impulsado por las órdenes de un gran ordenador. Durante la cena, hablamos y reímos. Sentí una grata sensación cuando saboreé el pastel de carne de la abuela Claire, pues lo hacía con muchísimo amor. Fue una gran cena, donde no faltaron los chistes del abuelo Brandon y las anécdotas de Sarah. Mi hermana pequeña se parece mucho a mi padre, siempre riendo y gastando bromas. Yo soy una mezcla de mis padres. Soy una persona un poco callada, pero que cuando me siento feliz y me rió contagio a los que están a mi alrededor. Esta noche he sentido como si hubiera viajado al pasado... A cuando papá y mamá estaban vivos. Sin duda alguna ha sido una cena familiar para recordar.
            Después de la cena, ayudé a la abuela Claire a recoger los platos. A pesar de que había pasado una gran velada con mis abuelos, no pude apartar de mis pensamientos a Alec. Era tan atractivo y, a la vez, misterioso que no le pude apartar de mis pensamientos. Por más que me remanaba los sesos no conseguía acordarme de su cara. Miré a la abuela Claire un instante. Ella estaba fregando el bol donde antes había una exquisita ensalada de patatas. Seguro que ella sabía algo. Tragué saliva, intentando desenredar el nudo que se había fruncido en mi garganta.

- Abuela, ¿de qué nos conocemos Alec y yo?- pregunté con la mirada baja.
- Erais amigos, muy buenos amigos. Siempre estábamos juntos, como uña y carne
- Pues no le recuerdo- susurré, mientras secaba un plato.
- Cuando os conocisteis tenías cinco o seis años. Además, Alec ha cambiado mucho- dijo con la mirada triste.
- ¿Por qué?
- Su hermano pequeño murió hace un año o algo así- me confesó la abuela en un hilo de voz.
- Vaya- fue lo único que supe decir ante esa confesión. Comprendía la situación de Alec, porque yo había pasado lo mismo.
- Cariño, deberías hablar con él. Comprendes como se siente y podrías ayudarle a superar la perdida de su hermano. Además, creo que a Alec le gustas- dijo la abuela con una pequeña sonrisa.
- ¡Abuela!
- La manera en la que te miraba me hizo recordar a cuando tu padre conoció a tu madre. Volvía a casa con los ojos brillantes... Como Alec- dijo la abuela con los labios fruncidos.

            También fruncí los labios, intentado reprimir las lágrimas. El recuerdo de mis padres me perseguía todos los días. No quería que ellos se fueran, pero necesitaba cerrar el agujero de tristeza que aún se cernía en mi corazón. Solté un suspiro. La abuela y yo volvimos a nuestra tarea de fregar los platos. Después de terminar nuestra tarea, la abuela Claire me dio un beso en la mejilla. Me sentía bien después de haber hablado con ella. Quizás Alec necesitaba hablar para poder sanar el dolor que siente por la perdida de su hermano. Quizás yo también necesite comenzar a sanar mi corazón. Tenía previsto ir a darme una ducha e irme a la cama, pero Sarah había ocupado el baño y ella tardaba doscientos mil años en arreglarse para irse a la cama. Los abuelos estaban viendo la televisión. Se les veían tan enamorados. Decidí coger un poco de aire fresco y ya de paso pensar un poco acerca de todo lo que me había dicho la abuela. Salí de la casa y me encaminé hacia el pequeño embarcadero que había frente de la casa. El abuelo Brandon aún conservaba su vieja barcaza de pesca, en la que salía a pescar cada domingo desde muy temprano. Me senté en el embarcadero, abrazando mis rodillas. Me encantaba aquel lugar, tan tranquilo y cálido. Suspiré, hundiendo la cabeza entre mis piernas. Quería llorar. Necesitaba llorar. Este lugar me trae tantos buenos recuerdos. Una diminuta lágrima corrió por mi mejilla. Estaba tan feliz de estar aquí, pero también me sentía triste porque en algunas semanas tendríamos que volver a Phoenix. Odiaba esa gran ciudad, el calor. Odiaba a mi tía, a su nuevo marido. Odiaba el instituto.
            Este último año en el instituto ha sido el peor en muchísimo tiempo. Desde que murieron mis padres, me convertí en una chica solitaria y sin amigas. Me refugiaba en los estudios y en mi hermana pequeña. Deseaba terminar el instituto y empezar una nueva etapa, aunque creo que mi idea de ir a la universidad tardará un poco. Nuestra economía es un poco inestable, pues mi tía Alma no tiene un puesto fijo de trabajo. Un mes puede estar trabajando de camarera y al otro de secretaría en una oficina. Yo trabajaba algunos fines de semana en la biblioteca pública, pero no ganaba lo suficiente como para independizarnos del mandato de la tía Alma. Dada nuestra situación económica no puedo pagar la universidad, así que decidí dejar aparcada la idea de continuar mis estudios para trabajar y ahorrar dinero.
            Suspiré, cansada de pensar en mi tía Alma. Ella ni siquiera estaría pensando en nosotras. Estaría en la playa, con un Cosmopolitan y tostándose bajo el sol caribeño. Apretó los labios con fuerza. ¡Cuánto la odio! De pronto, oigo unos pasos detrás de mí. Estaba asustada recordando la estúpida película que vimos Sarah y yo antes de venir aquí... “Viernes 13” Se me pusieron los pelos de punta. ¿Y si era un psicópata desformado con máscara, que llevaba un machete y que, además, era inmortal? Viré la cabeza con lentitud. Solté el aire que había contenido en mis pulmones cuando vi a Alec detrás de mí luciendo una bonita sonrisa.

- ¿Creías que era Jason listo para matarte?- preguntó con una sonrisa.
- No- mentí ligeramente sonrojada.
- Mientes fatal- dijo entre risas sentándose a mi lado.

            Mostré una pequeña sonrisa... Me había pillado. Alec contemplaba la luna creciente. Hacía tanto tiempo que no veía una luna tan grande. En Phoenix el cielo estaba tan contaminado que ni siquiera se veían las estrellas, ni siquiera la luna. Aquí, en este lago, todo es distinto. Sentí la mirada de Alec sobre mí. Me daba vergüenza cruzar la mirada con él, pues sabía que me iba a poner como un tomate.

- Has cambiado, Claire- dijo Alec.
- ¿Por qué dices eso?- pregunté mirándole a la cara ligeramente sorprendida. Creía que seguía igual que siempre.
- Te recordaba más...
- ¿Más qué?- dije alzando la voz, pues sabía a que se refería aunque no quería ni pronunciarlo.
- Más... Grande
- ¡Idiota!- exclamé dándole un manotazo en el brazo.
- No me malinterpretas... Ahora estás muy bien- dijo con una sonrisa.
- Eso me gusta más... Gracias
- Entonces, ¿no te acuerdas de mí?
- No... En blanco...- asentí con una sonrisa.
- Pues tendremos que empezar de cero
- ¿A qué te refieres?- pregunté con el ceño fruncido.
- Me llamo Alec Smith... Debes de ser Claire Simpson, ¿verdad?- se presentó con una sonrisa arrebatadora.
- Sí... Soy Claire. Encantada de conocerte Alec- dije extendiendo mi mano.
- El placer es mío- asintió estrechando mi mano.

            Nuestras manos permanecieron unidas unos segundos, mientras nos mirábamos. Sentí como mi corazón latía con intensidad, como si quisiera salir de mi pecho. Mostré una sonrisa, ligeramente sonrojada. Alec respondió a mi sonrisa, volviendo a dirigir la mirada a la luna. No se cuanto estuvimos en silencio, quizás unos minutos. Sin embargo, no fue un silencio incómodo. Al contrario, observando la luna pude sentir como una oleada de calor recorría mi cuerpo. Quizás mañana o pasado volviera a recordar a Alec. Me gustaría recordar que era lo que hacíamos juntos, como comenzó nuestra amistad. Muy cerca de ahí, oí como una ventana se abría.

- ¡¡Claire!! ¡¡Ya puedes venir a ducharte!!- gritó mi hermana desde la ventana de nuestra habitación.

            Cerré los ojos. Sarah, como siempre, gritando. Alec me miró con una sonrisa, mientras se levantaba de un salto y me ofrecía su mano para levantarme. Sonreí, aceptando su mano. Me levanté de un salto, quedándome a muy pocos centímetros de su cara. Me mordí el labio inferior, intentando reprimir una sonrisa. Alec me soltó la mano.

- Bueno... Ya nos veremos por aquí- dijo él.
- Sí... Ya nos veremos
- Que descanses, Claire- dijo con una sonrisa.
- Buenas noches- le respondí sonriendo.

            Nos miramos una última vez, para ir corriendo hacia la casa de mis abuelos. Abrí la puerta. Mis abuelos ya no estaban en el salón, así que supuse que se habrían ido a la cama. Subí la escalera de madera, que crujían con cada paso que daba. Me dirigí a mi habitación, que compartía con Sarah. Ella estaba sentada en la cama, esperando que le contará que era lo que había pasado. Además de mi hermana, también era mi única y mejor amiga. Sonreí, mientras le tiraba la almohada. Sarah se rió con ganas. Cogí mi pijama y mi ropa interior, para dirigirme al baño. En el camino, me encontré con el abuelo Brandon. Me miró y me acarició la mejilla. Sonreí, para darle las buenas noches y un beso en la mejilla. El abuelo Brandon sonrió. Por primera vez desde hace ya mucho tiempo, me siento como en casa...

lunes, 2 de julio de 2012

EL VERANO DE MI VIDA. PARTE I

            Me llamo Clarie y acabo de cumplir dieciocho años. Estamos en pleno mes de julio y tengo que pasar todas las vacaciones de verano en un pequeño pueblo en medio de ninguna parte. Allí viven mis abuelos, a los que no veo desde hace dos años. Ellos se van a hacer cargo de mí y de mi hermana pequeña, llamada Sarah, mientras mi tía Alma pasa unas increíbles vacaciones en el Caribe con su recién adquirido marido, un hombre con la mentalidad de un niño de diez años.
            Mis padres murieron cuando yo tenía doce años. Mi tía Alma se tuvo que hacer cargo de nosotras, aunque ella nunca quiso hacerse cargo de las hijas de su hermano fallecido al que odiaba con todo su ser. En ese momento, era una niña de doce años que se había quedado huérfana de la noche a la mañana. No tenía ni voz ni voto porque si por mi hubiera sido, mi hermana y yo estaríamos viviendo con nuestros abuelos, con los que vamos a pasar las vacaciones. Ellos se mostraron muy agradecidos cuando les dije que pasaríamos las vacaciones en el pueblo. Sarah y yo necesitamos olvidarnos de nuestra tía, respirar un poco de aire puro, disfrutar de la agradable compañía de nuestros abuelos. Necesito escapar de esa casa donde vivimos, pues cada milímetro cuadrado me recuerda a mis padres. Los echo tanto de menos. Ellos se fueron sin más, se esfumaron de nuestras vidas en un abrir y cerrar de ojos. Tuve que crecer muy deprisa, hacerme cargo de mi hermana pues mi tía Alma en vez de corazón tiene un trozo de hielo.
            Necesito olvidarme por unas semanas de las responsabilidades que tengo. Olvidarme que me he convertido en una mujer adulta. Necesito concentrarme en mí misma, explorar mi interior y encontrar un poco de paz. Quizás pasar el verano en ese pueblo alejado de la mano de Dios me ayude a encontrar de una vez esa paz interior que tanto ansió y necesitó.

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            El abuelo Brandon nos fue a recoger a la estación de autobuses en su vieja furgoneta azul cobalto. Nos recibió con los brazos abiertos, como siempre hacía. El abuelo me recuerda mucho a papá. Los ojos azules del abuelo Brandon hacen que me sienta en casa. El abuelo, Sarah y yo íbamos sentados en el asiento delantero, hablando tranquilamente. El abuelo estaba muy interesado en saber todo lo que había pasado en esos dos años. Sarah y yo hablamos sin parar, sacándonos un peso de encima. El abuelo escuchaba con interés y asentía con la cabeza cada vez que le hablábamos de la tía Alma. Le decíamos lo de su nuevo marido, un tal Tony o Tommy. La verdad es que me importa bien poco la vida amorosa de mi tía Alma. Los abuelos y la tía Alma llevaban peleados desde hacía muchísimo tiempo, aunque desconozco la razón.
            El recorrido hasta el pueblo era largo, unas dos horas y media por lo que pude calcular, pero se nos hizo un trayecto muy corto. El abuelo Brandon era así, con él nadie se aburría. Me gustaba estar con él, y también con la abuela Clarie. Entramos en el pueblo cuando empezaba a atardecer. Aquel pueblito seguía tal y como lo recordaba. Las casas de madera, los pequeños comercios, el puesto de flores donde íbamos a comprar orquídeas para la abuela. Poco a poco empecé a ver el lago. Alrededor de ese hermoso lago vivían mis abuelos y algunas familias más. Antes de venir aquí, había soñado con este paisaje de ensueño. Aún se mantenía vívido en mis pensamientos, como si no quisiera despejarme de ese lugar. Era tan hermoso. Sarah miraba por la ventana, con sus ojos azules abiertos como platos. La última vez que había venido al pueblo tenía diez años. Durante nuestro trayecto en autobús, me había confesado que estaba encantada de pasar el verano en ese lugar. Decía que le traían buenos recuerdos de cuando papá y mamá estaban vivos. ¡Cuánta razón tenía mi hermanita!
            El abuelo Brandon aparcó su furgoneta al lado de una camioneta Chevrolet, muy de los años sesenta. En el porche vimos a la abuela luciendo una gran sonrisa. Llevaba un vestido de color azul, con un delantal de cuadros a juego con su vestido. La saludé con la mano. Ella frunció los labios, como si estuviera a punto de llorar. Yo también tenía ganas de llorar. Bajamos de la furgoneta y ayudamos al abuelo ha sacar nuestras pertenencias. No eran muchas maletas, pero eran grandes y pesadas. En nuestro viaje en autobús nos había acompañado el tío Vinny, el único hermano de mi madre. No lo veíamos muy a menudo, pero se ofreció a acompañarnos a la estación de autobuses. Durante el trayecto lo estuve pensando... Con todos los familiares cariñosos y atentos que tenemos, ¿por qué mi tía Alma tuvo que hacerse cargo de nosotras? Quizás era la que estaba más cerca. Quizás los servicios sociales no querían que cambiáramos de aires, que continuáramos en Phoenix, en nuestra casa... Como si nada hubiera pasado. Meneó la cabeza, mientras me cuelgo al hombro una bolsa de deportes. De pronto, una mano se posó en mi hombro. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, extendiéndose por mi cuero cabelludo. Giré la cabeza con el ceño fruncido y me encontré con unos hermosos ojos verdes.
            Tragué saliva, mientras observaba el rostro apacible de aquel chico tan guapo. Era alto, por lo menos un metro ochenta, delgado, aunque a través de su camisa de manga corta pude observar que estaba bien formado. Tenía la piel ligeramente tostada, con el pelo corto y alborotado, de un intenso color negro como la noche. Esos ojos verdes contrastaban tanto con el color de su piel y de su cabello, que lo hacía más irresistible. Él me miró y mostró una sonrisa, mientras se cargaba mi bolsa de deporte en el hombro. El abuelo Brandon soltó una risotada.

- Claire... ¿Te acuerdas de Alec?- preguntó el abuelo, aunque supo de inmediato que no me acordaba por mi expresión de asombro.
- Brandon, ¿cómo se va a acordar? Claire era una niña- gritó la abuela desde el porche.

            El abuelo Brandon volvió a soltar una risotada, mientras se dirigía al porche cargando con tres maletas. Al final, Sarah y yo no tuvimos que cargar ninguna de nuestras pertenencias pues el abuelo y Alec se encargaron de llevar nuestro equipaje. Respiré hondo y me dirigí con paso firme a la casa. La abuela Claire aún seguía en el porche, esperándonos. Subí los escalones de dos en dos, siendo azotada por una ráfaga de recuerdos de mi infancia. La abuela Claire me miró y me sostuvo el rostro entre sus cálidas manos, tal y como las recordaba. Sonreí, mientras la abrazaba con fuerza. La abuela me sostuvo entre sus brazos, soltando un sollozo muy bajito. La había echado tanto de menos. Nos separamos y después abrazo a mi hermana Sarah. Ella estaba tan feliz de estar aquí, con los abuelos y cerca de este lago. La abuela Claire nos miró, reprimiendo las lágrimas en sus ojos.

- Mis niñas... ¡Comos os he echado de menos!- exclamó.
- Nosotras también abuela- dijo Sarah con una sonrisa.
- Pasad... He preparado pastel de carne, tu preferido Claire

            Sonreí. ¡Pastel de carne! Hacía dos años que no lo comía, aunque lo había intentado varias veces. No había heredado el don para la cocina de mi madre. Ella era una gran cocinera y una gran madre, por supuesto. Preparaba el mejor pastel de carne del mundo, gracias a la recete secreta de la abuela Claire. A mis padres les encantaba pasar las vacaciones aquí, era un lugar especial para ellos. Mi padre se había criado aquí, mientras que mi madre era una chica de ciudad que pasaba aquí sus vacaciones de verano. Su historia de amor era digna de un cuento de hadas. Suspiré. Entramos en la casa. Todo estaba igual que la última vez. Los muebles clásicos, la escalera de madera que crujía con cada paso que dabas, la música blues sonando de fondo. Volví a suspirar. Una oleada de calor recorrió mi cuerpo. Un calor hogareño que no sentía en Phoenix. Sonreí como una idiota. Salimos a la terraza. La abuela había preparado la mesa. Nos ofreció asiento, mientras ella se internaba en el interior de la casa. Sarah me miró y, de manera esporádica, me dio un abrazo. Ella era bastante reservada en cuanto a sus sentimientos, pero desde que estamos aquí desprende amor por cada uno de los poros de su piel. La abracé con fuerza, mientras le daba un beso en la coronilla. El abuelo Brandon apareció en la terraza, sosteniendo una bandeja con carne. Sarah dio un saltito de alegría. Le encantan las barbacoas. Sarah come y come, sin embargo está siempre delgada. Tiene el metabolismo de mi padre. Sin embargo, yo he tenido que sufrir para mantenerme en mi peso ideal. Suspiré, mientras me colocaba al lado del abuelo.

- ¿Quieres que te ayude abuelo?- pregunté.
- No te preocupes cariño... Cuénteme más cosas. Tenemos que ponernos al día con todo- dijo el abuelo.
- Que más te ponemos contar... ¡Ah! Claire sacó todo sobresaliente en el último año del instituto
- ¡Sarah!- exclamé. Me daba muchísima vergüenza que supieran que había sacado todo sobresaliente. Cada vez que Sarah lo decía retumbaba en mi cabeza las palabras de la tía Alma... <<Menuda rata de biblioteca>> Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
- Anda... Como Alec- dijo el abuelo con una sonrisa.
- No es que vaya fardando de eso- dijo Alec apoyado en la puerta corredera de la terraza.

            Le miré. A pesar de que el abuelo Brandon había dicho que nos conocíamos no me sonaba su cara. Sin embargo, mirar sus ojos verdes hacía que una oleada de calor recorriera mi cuerpo entero. Alec me miró y mostró una sonrisa realmente cautivadora. Oí como mi abuelo soltaba una risa baja y como Sarah intentaba contener la risa. La abuela Claire apareció en escena, llevando consigo una bandeja humeante con pastel de carne. Se me hizo la boca agua. La abuela miró a Alec con una sonrisa.

- ¿Quieres quedarte a comer cariño?- le preguntó.
- Gracias, pero mis padres me están esperando para comer- respondió.
- ¡Oh! ¡Que pena!- exclamó el abuelo Brandon con una nota de humor bajo su exclamación.
- Vamos, Brandon- dijo él.
- Gracias por arreglar la furgoneta, Alec- dijo el abuelo con una sonrisa.
- No hay de que... Ya nos veremos

            Diciendo esto, me miró y se fue. Mostré una sonrisa muy estúpida. Un cosquilleo me recorría la palma de las manos. Me sentía en las nubes. ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso era por la presencia de ese chico al que “supuestamente” conocí durante la infancia? ¡Estoy tan confusa!